Por la ventana entran unos rayos
de luz con unos coloridos pájaros trinando de fondo, que me señalan el
comienzo de las clases. Me preparo muy nerviosa. ¿Cómo van a ser nuevos compañeros? ¿Qué pensarán de mí? Desayuné rápido y aunque me temblaban mucho las manos pude conseguir que no se me cayera la leche al limpio suelo que acaba de fregar mi madre.
-Vamos Sonia, no te embobes, que al final vamos a llegar tarde- dice mi madre tranquila.
Preparo mi enana mochila con pocas cosas, ya que con mis escasos tres años, no me iba a poner a estudiar. Recojo todo y salgo corriendo hacia mi madre para cogerle su suave mano y dirigirnos hacia mi infierno.
Cuando llegamos al gran edificio con todas sus rejas, me resulta una verdadera cárcel. Yo veo a todos los niños llorando, entonces, cojo fuerzas y entro con dignidad por esa puerta verde que recalcaba un día intenso.
Entro muy asustada, sin saber que puede pasar, ¿y si algún niño se acercaba a mi y me pegaba?, que agobio hay en el ambiente. Pero la verdad es que no soy solo yo, todos estaban igual. Hasta que me giro y veo a una preciosa niña con gafas, y con un gran pelo largo y ondulado que recalcaba su cara blanca como la tez.
-¡Hola soy María! Encantada- me estrecha la mano con gran seguridad.
-Ho... Ho.. Hola soy... Sonia.
-¿Quieres que seamos amigas, verdad?
-Si, claro. ¿Por qué no?
Si la analizamos, resulta una pequeña conversación un tanto, ridícula, Pero he de reconocer que estaba nerviosa. Aunque se me daba bien hacer amigos esta vez me estaba resultando un poco mas difícil